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Volcanes que no entran en erupción (y deberían)

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Pues manos a la obra. Saludos cordiales, queridos bros, seis, trans y resto de animales fanáticos de ‘Juego de Cartes’. El programa pseudogastronómico líder de TV3 llega al quinto programa de la quinta temporada con signos evidentes de agotamiento y de repetición, pero bien que hacen cada noche el Telediario con las mismas noticias de mierda de cada día ya nadie se le pasa por la cabeza sacarlo de la parrilla. Bien mirado, si fuera millonario, en vez de explicaros cada semana este psicosainete foodie, me exiliaría en un yate en alta mar, incomunicado y sin televisión, y me alimentaría sólo de atunes crudos.

Si fuera millonario, creo que es oportuno mencionarlo, no sé si me gustaría que la reina Letizia me la chupara, porque tiene los morros demasiado finos o preferiría que me lo hiciera Juan Carlos de Borbón sin dentadura, ahora que ya no tiene mucho más que hacer en la vida. Lo que sí me encantaría, si tuviera suficiente dinero para permitírmelo sería ensalivar al brutal miembro de Marc Ribas y tragarlo hasta la úvula. Dar un poco de placer al ciclópeo cocinero mediático es lo mínimo que le debo a cambio de los ratos de disfrute continuado que hace dos años que me proporciona. De hecho, todos los catalanes deberíamos peregrinar una vez a la vida en la barba de Ribas y enlazarnos con su semalero en justo pago a los servicios prestados en el país. Hay que dejar de ser una nación resentida y taciturna y ser más agradecidos, judíos y lúbricamente desenvueltos.

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Pero mientras no llegue el momento de hacerle el besamanos y/o besapolles a Marc Ribas, él sigue tumbando por Cataluña como notario de la situación dramática de la restauración catalana. Ayer fue la Garrotxa, un sitio ideal para hacernos una perfecta idea de la miseria que nos asola. Volcanes en perpetua latencia y unos valles recluidos donde habita gente con graves desequilibrios mentales, individuos salvajes y asesinos en serie. Un lugar amenazante que produce el mayor índice de perturbados de Catalunya. También es el país de adopción del director del instituto Ramon Llull, Francesc Serés, un aragonés que en tierras garrochinas se encuentra como en casa, para que calcule el nivel de bestialidad de esta llanura inhóspita.

Es un país donde sólo debería encontrar material pútrido para explotar televisivamente el carroñero de Carles Porta pero mira por donde se ve que estos simpáticos cromanyons ya han aprendido a hacer fuego ya cocer los alimentos, desarrollando una industria rudimentaria de hostelería, haciéndolo también goloso para otro subproducto de entretenimiento como ‘Juego de Carotes’. Ayer tuvimos la suerte de conocer a cuatro de estos restauradores, tres de los cuales no nos extrañaría verles salir un día en el Caso disparando escopetas de balines a los turistas subnormales que ahora visitan los volcanes porque cada día ven el de la Palma por la tele , o sodomizando ardillas o secuestrando farmacéuticas o cualquiera de las tradiciones arraigadas de la comarca.

La única que parecía más o menos sana, en apariencia, era Nina del restaurante La Carpa. Ahora bien, tenía muchos otros problemas no relacionados con la salud mental. Lo grave es que más que la propietaria de un restaurante parecía una peluquera o una de esas chicas que te ponen uñas de hielo. Ella misma lo admitió: que no tenía ni idea, por ejemplo, de vino. Tampoco cocina, porque lo hace su madre. Y el tema de servir tablas también lo lleva justito. En realidad, según explicó, ella y toda su familia son fotógrafos. Pero no se sabe por qué santos cojones decidieron poner un restaurante en Les Planes d’Hostoles especializado en, tome nota: arroces, grill, meloso de ternera y cocina italiana. Parece todo esto una broma, pero eso que os digo existe como negocio legal.

En La Carpa, los fotógrafos tienen un comedor hortísimo donde dan una comida bastante desagradable a la vista. No digo que sea malo, porque todo tenía el mismo tono marrón que, aunque haga pensar en heces de vaca, a menudo resulta que sabe bien. La cocina catalana de chup-chup, que era lo que ayer se buscaba, suele tener esa tonalidad espuria. El mundo es cómo es y no cómo sale en Instagram. A pesar de este beneficio de la duda palatal, no nos ahorramos tener que contemplar platos aceitosos, zarzuelas rebozadas y el plato astilla del local: un carpaccio de buey Angus que generó todo tipo de suspicacias. El carpacción eran unos cortes de carne hasta que salían de una caja de cartón y que, según el fotógrafo padre y cocinero, era el mejor carpaccio de Angus del mundo porque no había probado mejor. Esto puede parecer muy divertido, pero es el pan de cada día de muchos restaurantes catalanes que tienen la barra de hacer bandera de los alimentos de proximidad y de la artesanía. Ni ánimo para decirles hijos deputa, ya no tengo.

Por este carpaccio, un arroz pasado y un postre horroroso los (entes) echaron un paladazo que los (entes) dejaron temblando. Menos mal que la siguiente parada nos lo hizo olvidar deprisa. Se llamaba Can Llonga, en Hostalets d’En Bas, y lo llevan una pareja que tenía cara de ser adicta a los orfidales, a los trankimazinos, a los váliums o como se llamen hoy en día los opiáceos de distribución legal. También podría ser que entre los botes de conservas Dani que exhiben sin rubor tengan escondida una pipa de crack, pero mira, mientras no salgan a hacer daño por los prados aún tenemos que estar contentos. Aquí cocina un chico llamado David y es ciclista. No se puede esperar nada bueno de un ciclista, que es el deporte de drogatas y tarados, y menos si se dedica a los fogones. Si las salsas de La Carpa eran todas marrones, aquí los guisos tenían todos una extraña coloración naranja, de zanahoria mal sofrita.

De hecho, el hombro de cordero mal cocido, las mejillas o el relleno de los canelones tenían todos esa misma salsa sospechosa echada por encima. Hasta el punto de que uno de los participantes denunció que de chup-chup, nada. Pero peor fue la exhibición del ama de la casa con el vino. Una semana más no fuimos capaces de saber qué bebían ni si era adecuado o no, pero esta señora, además, partió los dos tapones de corcho que abrió. En uno soltó un sonoro ‘oh, mierda’, que dejó acojonados a los comensales de la mesa y en el otro no sé qué se embadurnó de un tapón de silicona que Ribas tuvo que llamarle la atención. Esta temporada de ‘Juego de Cartas’ donde en teoría debía darse más valor al vino está resultando la peor campaña jamás hecha para dignificarlo. Es necesario ser inútil. Al menos, sirve para darnos cuenta del respeto ínfimo y el desconocimiento radical sobre el tema, que es lo que te sueles encontrar cuando vas por estos mundos de dios donde todo el mundo se atreve a ponerse un restaurante y abrir botellas.

En el restaurante Can Cintet de Besalú tuvimos la suerte de detectar una etiqueta. Era un Clot de Encanto de la Terra Alta, que es una garnacha digna de la Cooperativa de Bot pero un vino básico que vienen al triple de su precio de supermercado. Este establecimiento es propiedad de otro desequilibrado garrochino, Josep, que acabó el programa con los nervios destrozados y llorando a lágrima viva, como también lo hizo el concursante Marc. Entiendo que la edición de ayer tenía como objetivo crear esa atmósfera brumosa, depresiva y perturbada tan típica de Olot y entornos, así que lo considero un éxito tecnoemocional. Sobre todo cuando Josep empezó a hostigarse por haber vertido las copas de vino a la mesa. Si lo llevaras normalmente y si hubieras trabajado un poco en tu puta vida, cabronazo, no te habría pasado. Así que ya puedes llorar todo lo que quieras. Qué esperabas.

Obviamente, la cocina de Can Cintet era pura mierda y no sé si vale la pena entrar en el detalle. Pero se me indigestó especialmente un tártaro de atún oxidado y oscuro como el agujero del culo de Lucifer, bañado de una salsa de soja como si la hubiesen extraído de las profundidades de un volcán de aquellos tan bonitos y lamentablemente inactivos que tienen. También sirvieron una especie de pudín de escalivada que parecía un conglomerado de serrín cubierto de una crema de queso que era especialmente repulsivo. Y algo más, pero tuve que apartar la vista para no perbocar.

En Olot subimos un poco el nivel, pero no mucho. El siguiente maníaco depresivo que conocimos era Marc Demonjó. Sus problemas psíquicos tenían un carácter más sistémico: su mujer le llamaba ‘papa’ y tenía una relación enfermiza con su madre, que era la única persona autorizada para entrar en la cocina. Este Norman Bates de la Garrotxa, un individuo altamente inquietante, tiene un restaurante de un mal gusto espantoso que se llama Les Pedretes, porque expone un montón de botes llenos de piedras. Si esta comarca no es un gran manicomio que baje Sigmund Freud y me desmienta. También tenía unos cuadros horripilantes, entre los que destacaba un Hayedo de Jordán descolorido y tétrico como el programa de ayer en general, muy adecuado al Halloween que celebramos estos días.

La teca, psé. Como su correligionario David el ciclista drogodependiente, también tenía una afición para las salsas naranjas de zanahoria rebozada. Quizá sea alguna particularidad volcánica que se me escapa. Es todo un misterio. Quitaron patatas de Olot rellenas de carne aceitosas y ablandadas, una especie de cazoleta de pulpo y gambas del Índico, butifarras desgarradas, unos guisantes que puedes contar de dónde salen y un pollo de payés con nabos que quizás era bueno. Vete a saber. Tienes que tener mucho estómago para atreverse a entrar en este restaurante y llegar a descubrirlo. No seré yo quien haga la heroicidad. Lo que sí me gustó es una figura de San Pancracio que presidía la cocina. Estamos en un punto de no retorno hacia el abismo que sólo nos queda encomendarnos a nuestro santo patrón y que sea lo que Dios quiera, que será que cerraremos todas las casas de comida tradicional y haremos hacia todos en el McDonald’s.

Entre este catálogo de psicópatas gastronómicos, como no podía ser de otra forma, hubo una gran igualdad, a la baja, que sólo pudo resolver el voto de extrema calidad de Marc Ribas. Hizo ganador al ciclista zombie de Can Llonga, pero podría haber ganado cualquiera de estas propuestas culinarias lúgubres y funestas. Ojalá tengamos la suerte de los canarios y uno de nuestros volcanes entre en erupción y cubra de lava toda esta miseria humana. Eso sí, como televidentes debemos celebrar que ayer nadie, entre tanta depresión y llorona, se suicidara en pantalla. Hubiera sido un desenlace natural, pero no hace tan bonito como una nube piroplástica arrasándolo todo. Venga, a ver si seguimos vivos una semana más.

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