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Ostras, ostras, ostras

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Ya ha llegado el fresquibiri, amigas. Mientras tenemos todo el país con los genitales encogidos y los pezones duros como los músculos marmóreos de Marc Ribas, en el mundo sólo sufren para que la temperatura global del planeta no suba más de un grado y medio. A nosotros, sin embargo, plimos. Por fin podrá ponerse jerséis de cuello alto para intentar esconder las dobles y triples papadas de gourmet, botas de montañista para coger el metro a las siete de la mañana y aquellos abrigos lardosos que hace seis años debe llevar a la tintorería y que esconden todas sus deformidades físicas. Las psicológicas ni el frío industrial de todos los congeladores de restaurante llenos de croquetas de Cataluña pueden esconderse, capçots.

Nuestro corazón, sin embargo, mantiene el calor gracias a nuestra cita semanal con ‘Joc de Cartes’, el exitoso programa de la televisión pública catalana que entretiene a toda la subnormalada patria. Sin embargo, hay gente que les pasa putas de verdad y no le basta con el fuego del alma, necesita el de verdad. Esta semana, la redacción de CatalunyaDiari ha estado a punto de quemarse. En un primer momento pensé que había bajado algún tarado de la Garrotxa, ofendido por la última crónica, para echarle fuego. En ese caso, se habría equivocado de diez metros, porque el edificio incendiado es una imprenta abandonada contigua.

Al parecer no, que los pirómanos no eran restauradores ofendidos sino cultivadores de marihuana urbanos en plena guerra de bandas. Sea como fuere, y tal y como deseaba la semana pasada, sigo vivo y sin haber entrado en combustión espontánea para llevaros una semana más los detalles más escabrosos de la gastroxaladura nacional, Avui, L’Ampolla. Una población del Baix Ebre conocida por sus restaurantes marineros y por ser como una especie de Meca de peregrinaje de los amantes del marisco a precios populares, como Andorra pero cambiando el azúcar y la mantequilla por las ostras y los mejillones, para entendernos.

También es un destino conocido por tenerse una tierria descomunal con los vecinos de l’Ametlla, que tienen mejores playas, y por el refistolado título autoconcedido de Porta del Delta del Ebro. En uno y otro lugar, de deltaicos de estos genuinos, de caracteres agrestes y rostros simiescos, encontraréis pocos. Son más bien gente de alma mojada y fluores diplomáticas. Como si fueran unos gallegos catalanes, juntados ambos gentilicios con toda su carga despectiva. Un país de transición, poco explorado, que se agradece que de vez en cuando salga por TV3 entre las cincuenta mil visitas anuales al Empordà.

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Hecho el apunte sociológico pertinente, en L’Ampolla también comen y cocinan. Tienen que alimentar las hordas de tortosinos, leridanos y manojos que les asolan cada temporada, ve. Y precisamente un manojo fue el primer protagonista de la noche. En este caso no era un cliente insoportable y llamativo, sino un cocinero expansivo y llamativo y cantante. Un tío demasiado loco para ser aragonés que se ha puesto un restaurante con su churri llamado Can Marqués. Bien, es un local de tercera línea que tenía pinta de antigua tienda de móviles de moros, donde hacen un menú tirado de precio con todo lujo de producto.

Esto naturalmente levantó las correspondientes y usuales suspicacias, porque está claro que los números no salían por ninguna parte. La churri del manojo, Lorena compareció en la confrontación final con un escandallo para justificar los precios, pero sin demasiado convencimiento. Parecía un político cuando saca muchos papeles e informes al atril del Parlament para esconder que no puede defenderse demasiado de palabra. El tema de la edición del programa era el plato más creativo con ostrón del Delta, y vimos desfilar aberraciones delirantes. De hecho, nada más empezar, el fornido Ribas, tumbado en la playa como un sátrapa, ya destrozó media docena de ostras bañándolas con limón y sorbiéndolas entre los pelos de la barba. Una de las imágenes más truculentas que verá este año en la tele, y eso que sólo hace una semana pudimos disfrutar de tres horas de Àngel Casas sin piernas. En un país sano, estas escenas se censurarían, cómo se censuran los chistes machistas o cómo se censuró la escena de la peli Espartaco de las ostras y los caracoles donde se hacía una apología enfermiza de los maricones.

Lo que decía. En Can Marquès, en el menú trampa, entraban elaboraciones con ostras como un ravioli de ostra con cosas o una ostra con alcachofas y cosas. Es decir, aquí y en el resto de establecimientos vimos cientos de maneras de estropearlas, en la moda actual de disfrazar ostras, calentar ostras, poner espumas sobre las ostras y etc. En definitiva, desgraciarlas. En realidad, como gustan a muy poca gente, es un método malévolo para tragarlas a cuantas más gente mejor y vender más, como cuando a los niños le trituras la verdura para engañarles. A quien le gusta succionar ostras, que son de gusto potente y salino pero de complexión muy delicada, se las jode solas y con dedicación exclusiva. ¿O es que cuando come coños echáis sobrecitos de ketchup y mayonesa del Viena de los que guardaste en el cajón de la cocina la última vez que se pidió un zipizape? No, ¿no? Pues compostura, por el amor de dios.

Aparte de las ostras, también me llamó la atención un plato llamado Melón del siglo XXI, que parece ser que quería ser un melón con jamón -un plato infame- modernizado. O un postre de fresas con pimienta y churros (?) que Lorena afirmaba toda verra que fue el plato con el que el manojo la enamoró. En fin, hay más afuera que dentro. Segundo chiringuito de la noche. Se llamaba Bama, es el restaurante de un camping y estaba customitizado con motivos vagamente hindúes. Ya podríamos arrancar a correr. Aquí nos encontramos con un camarero que de tan nervioso servía el vino con el pulso temblando, una cocina que iba a gritos y un propietario soso como una merluza descongelada en el microondas. Todo pintaba muy mal, y ahora es cuando creéis que diré que fue peor. Pero no. La mediocridad habitual salpimentada por algún plato escalofriante como un lingote de atún ahumado en una campana, o un arroz a la lata cubierto de virutas de atún seco como si fuera una sartén yakimeshi. Fusión, pero mal entendida.

En el capítulo ostra, a Bama la maquillaron con bloodymary, con falsos caviares y con esferificaciones noventa. Lo que demuestra que en los países del tercer mundo Ferran Adrià también puede hacer daño, aunque sea con un delay cuántico que ni la Tardis del Dr. Who. Los hijos deputa no conocen fronteras, ni en la dimensión del espacio-tiempo. Vamos al sitio más interesante de la noche. Como espectáculo, no como establecimiento gastronómico, claro. Era el restaurante del hotel Flamingo, un lugar donde según los propios participantes confesaron no va ni dios. Ahora bien, han ganado dos ediciones del concurso botellón de disfrazar ostras con cosas creativas y tienen dos trofeos hortísimos que lo certifican. Aitor del Bama dijo que es porque la propietaria, Silvia —una señora de semejanza inquietante con Alícia Sánchez Camacho prebotox—, es la joven del alcalde.

En Roses, en Castelldefels, en Torredembarra o incluso en Deltebre varios kilómetros más abajo, un ataque político-gastronómico tan directo al tuétano de la prevaricación tradicional de la costa catalana habría provocado una hostilidad de guerra civil, pero ya os he dicho que es una zona que tienen sangre de pescado. Pasó desapercibido. Lo que no significa que no sea verdad, naturalmente. Las ostras creativas que han ganado este concurso son un cebiche —hacía días que no salía el puto cebiche—, un aire de ostra o una burger de ostra que quedó sin tocar en el plato —»no le ha hecho ni bocado», como dijo el cocinero en un valenciano septentrional delicioso. Cabe decir que porque Lorena tiene la cultura gastronómica de un mejillón de roca y no sabe que los bocadillos de ostra son populares en todo el mundo. A favor de Lorena tengo que decir que me solidarizo con la cara de asco que dio al servirle una piña estofada. Es lo mínimo que debe hacerse cuando te agreden con esta violencia, aunque escupirlos en la cara habría sido una respuesta más ecuánime.

No es que quiera defender la cocina del hotel Flamingo, que tenían tortillas de patatas envasadas en el frigorífico, copas sucias de cal o hacían arroces de ostra que ya se ve que no tiene ningún sentido, Al menos sirvieron un rap a la catalana con buena gamba roja de Vinaròs o de l’Ametlla —quién sabe— que gozaba. Mira si hace falta poco para ganarme. No hace falta hacer tantas marranadas excéntricas. Flamingo quedó último, porque sospecho que es de una familia convergente con poca estima al pueblo, que habrán explotado toda la vida con las artes caciquiles que caracterizan a esta gentuza. Les tendrán manía. Justificadísima. Y la pobre Silvia, que sólo quiere sacar el negocio adelante y tiene aptitudes evidentes, pues se puso a soñar, haciendo el show lacrimógeno de cada semana. Normal: no puede ser que todos hagamos realidad nuestros sueños. Es aritméticamente imposible porque siempre hay algún pisado que se frustra.

Matémoslo. El imbécil de la semana. Héctor Roda, restaurante Rodamar. Porque según nos contó tenía una rueda de molino y la puso junto al mar. Wow, luminaria a la vista. Una vez intenté comer y no me dio mesa, o sea que poco respeto. Tampoco bajo demasiado a la Ampolla porque cada vez me pilla el puto radar de los Perros de Escuadra para ir a 130 por la AP7. A 130. Usureros. Malparidos. Saqueadores del pueblo. Héctor del Rodamar es un tío que afirma que la uva macabeo tiene más azúcar y que por eso hace vinos más suaves. Un indocumentado, vaya. También tenía el restaurante más pretencioso de la noche y ya se veía de lejos que iba a ganar, como acabó sucediendo. Con qué méritos. Pues unos dudosos: estuvieron diseccionando una escórpora en la mesa hasta hacer perder la paciencia en Ribas. Esto se hace la cocina, coño de esnobs de provincias que creen tener el Via Veneto, ya mi Marcos no le hace esperar a nadie para comer. El camarero —un señor desencuadernado que acababa todas las frases con un «vale»— se dejó de cantar un cochinillo Hoisin (Hoisin, en L’Ampolla, ¿eh?) y se envolvió el sevicio, haciéndolo aún más lento.

En el apartado ostras, sacaron una sobre una lámina de atún —combinación bastante absurda—, otra en ‘mar y montaña’ o una con cinco gramos de azafrán por encima. Como es obvio sólo sabía azafrán. Precio por precio y por ostentar, más valía que se lo hubieran gastado en cocaína. Que unas buenas rayas de farlopa no irían mal entre los restauradores de la Ampolla. Qué muermos. Ahora que, visto el panorama, todavía serían capaces de esferificarla y jodirsela por el culo. Vale, pues ya hemos hecho la crónica, vale. Adiós sea y estén bonitos hasta la próxima semana. Si es que los subnormales de Olot no aciertan —ahora sí— la redacción del diario y me queman dentro.

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