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La mierda baja a espuertas por el río Gaià

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En mitad del camino de mi vida de cronista de ‘Juego de Cartas’, me he encontrado dentro de una selva oscura. Entre todos los subseres que pueblan este infierno que es la gastronomía catalana, podría imaginar que acabarían hostiando los macarrillas, los campesinos barberanos o algún garrochino que se saltara la medicación. Ahora bien, como debía pensar que los más beligerantes serían la secta de los celíacos.

He recibido, esta semana pasada, múltiples comunicaciones indignadas y denuncias por mi petición de encerrarlos en campos de concentración. Incluso la Asociación Catalana de Celíacos (que al parecer existe) ha pedido la retirada del artículo y la censura de mi voz poética. Sois patéticos, celíacos de Catalunya, pero no me enfado con vosotros. Merece todos los respetos y entiendo que debe ser objeto de los mejores cuidados y atenciones. Razón de más para reafirmarme en la necesidad de que le cierren a todos y que se le identifique bien para que no nos encomiende a las personas sanas su triste desgracia que hace que se caiga por la pata abajo.

Os respeto tanto, raritos glutenofóbicos de Cataluña, que debe saber que convivo con un espécimen de su raza de Caín. Y, francamente, es muy duro estar a su lado y tener que someterse a su tiranía sanitaria ya sus panes que fermentan como una bolsa de pus. Cocinar para un intolerante en el gluten es una condena, una penitencia. En realidad, yo soy la víctima. Toda la gente normal somos víctimas su soberbia de ser ‘especiales’. Agresores, criminales. Para terminar el tema: cuando un alcohólico quiere curarse de verdad, no pone los pies en ningún bar. Si usted también lo quisiera no iría a ningún restaurante a jugarse la vida y tocar los huevos a la gente. Así que basta con hacerse la víctima y en casa cerraditos si no desea que llevemos a cabo la solución final. Es por su bien.

Holis, amigues juegodecartes. Esto ha sido un prólogo largo y necesario, como los de las pelis de James Bond cuando no era maricón, y ahora entran los títulos de crédito. Estamos de enhorabuena: ayer vimos lo que es probablemente el mejor programa de la temporada de ‘Joc de Cartes’. Una exhibición de miseria gastronómica que como tarraconense me provoca una vergüenza profunda pero que como telespectador y cronista me llena el corazón de júbilo. Sin exagerar, tres de los cuatro establecimientos que visitamos deberían estar clausurados. No por criterios estéticos, de gusto o por esnobismos de los míos, sino por simple prevención sanitaria. Es un puto escándalo que haga dos años que nos den la lata con el coño de coronavirus y el desgraciado del doctor Argimon no sea capaz de cumplir con el programa básico de un curso de manipuladores de alimentos, que es el único título que podías alcanzar si eres subnormal antes de que se instaurara la ESO.

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Sí, amigas. Ayer nos encontramos con un Marc Ribas, el Rambo de los pantanos, bajando el río Gaià mojándose los cojones en este paraje tarraconense que, por cierto, está protegido y no sé si a los patos que habitan les debía hacer mucha gracia compartir las sus aguas domésticas con esa masa de carne musculada que emite calor y gases orgánicos de descomposición lenta. ¿Qué hacía jodido dentro del río? Pues no se sabe muy bien. Sospecho que era para encontrar un pretexto que uniera los tres restaurantes de Altafulla y la Riera de Gaià que concursaban con un bareto de Santes Creus, que está a tomar por el culo pero, efectivamente, se puede considerar parte de la ribera del río.

Un río que, por cierto, tiene decenas de castells a lo largo de su curso. Y esto tiene una razón: el Gaià era una frontera natural entre la Catalunya Nova y la Vella. Una línea de defensa histórica. Y las cosas no se hacen así porque sí: hay gente que nunca debe mezclarse. Y mejor sería que hubiera continuado así, porque con cada uno en su casa no habríamos presenciado el desfile de moros y cristianos con simitarras entre los dientes de ayer y nuestra chusma regional no habría tenido escenario para exhibirse con impunidad en todo el país .

Es que fue gordo. Ribas se vio obligado incluso a confesar que nunca había habido notas tan bajas. El primer establecimiento ya me pareció deplorable, pero visto lo que iba a venir, todavía se salvó. Era un lugar llamado De Bar, en el casco antiguo de Altafulla. Como en casa con trescientos años de antigüedad era muy bonita. Como restaurante no debería permitirse que tuviera abierto. Lo lleva un tal Xavi González, un hombre tirando a anciano que cayó bien en la parroquia pero que opera en una cocina literalmente doméstica. Se ve que no tiene permiso para tener maquinaria profesional ni condiciones adecuadas para dar de comer a clientes con unos mínimos estándares occidentales y debe trabajar con una placa vitrocerámica de aquellas de antes que les saltaba el esmalte de los bordes.

¿La pregunta sería por qué? ¿Por qué está permitido? Por qué sale por la tele pública este atentado contra el patrimonio arquitectónico y contra el sentido común? No se sabe. No será porque la comida valiera mucho la pena. Vimos canelones tirados por la nevera de cualquier manera, los tártaros de cada semana, unos calamares con habitas de bote. Nada destacable. Hasta un rosbif cortado a máquina que tenía de Angus lo mismo que yo de inuit. Griseaba. No creo, sin embargo, que estuviera en mal estado, como aseguró el concursante Kevin. Que es, como ya supondrá, el imbécil follonero de la noche. Sí tuvo algo de razón de quejarse de un café irlandés con pelos que le dieron de postre. Ahora que si pides cosas de putero de derechas de los años noventa pues ya te está bien.

Continuamos en Altafulla. El lugar se llamaba Terrasseta de Sant Martí, o por el estilo. Es uno de los restaurantes más planos que recuerdo en ‘Joc de Cartes’: no ​​destacaba nada, ni en positivo ni en negativo. Ni siquiera el cocinero y propietario, un chico de carácter revuelto llamado Carlos, un auténtico pedazo de merluza. Como lo que sirvió (me pareció perfecto, por ser merluza) entre otros platos aburridos y de factura correctísima. Si me hizo cagar en algo tendremos que citar el episodio del puto tataki, naturalmente, que al menos reconoció que no era de atún, sino de breva. Este atún bosqueverde conocido como blue fin que el subnormal de Kevin rebautizó como blue fish.

En cualquier caso, otro puto tataki de pescado congelado que descarriaba una comida competente. Coronado por cierto por una piña colada con demostración de coctelería del camarero, que se flipó como Tom Cruise o Javier de las Muelas. Carles de la Terrasseta no haría falta que se hubiera esforzado tanto, porque no tenía ningún tipo de oposición, y acabaría venciendo de calle. De hecho, ahora que pienso en ello, apenas abrió la boca. ¿Pa’ qué? ¿Pa’ cagala?

Vamos pocos kilómetros más arriba, en la Riera de Gaià. Allí tiene la masía el quinqui Kevin, ese personaje indeseable con una cruz tatuada bajo la oreja que fue a hacer tanto daño como pudo, sobre todo porque no tenía nada más que ofrecer. Aquí me detendré para hacer una reflexión: cuando se habla de la banalidad del mal nunca se tiene en cuenta que mucha gente si no hicieran nada, si se quedaran encerrados y callados en su puta cueva, serían inofensivos. Es cuando el Sistema les impele a significarse públicamente y hacer cosas cuando causan un grave perjuicio al cuerpo social. Muchas veces nocivo e incluso criminal.

Es el caso de Kevin. Un palangre que debería estar quitándose las colillas de la nariz y jugando en una casa de apuestas digitales las veinticuatro horas del día, pero que tenemos la desgracia que regenta un restaurante. Se llama Els Fogons del Drac y en teoría es un lugar de estos de cocina catalana de pedo y porrón, carne a la brasa y calçotadas. Pero me da igual la comida que den. Vimos una cocina chorreando grasa por doquier, con cerraduras de baldosas recubiertas de mierda. Pero mierda por parar un tren. Vimos una penca de bacalao descongelándose flotando en un fregadero lleno de agua tibia con unas mejillas. Asistimos atónitos a una nevera donde los caracoles campaban libremente.

Presenciamos botes de avecrem. Engaños a la carta como los postres eran caseros cuando los sirvieron con el cartón del fabricante. El sudor empezaba a caer boca abajo de Kevin, él que era tan chubascos en casa de los demás. Para romperle, la cara, de verdad. Echó las culpas a su equipo de cocina, entre los que había una chica que cocinaba muy maquillada y con un estilo Bae que hacía temblar. Menos pintarse las uñas y más darle al desengrasante, niña. Pero tampoco era su responsabilidad: entre todo lo que he relatado hay al menos dos cuestiones que pueden ser constitutivas de delito y, si bien el De Bar de Altafulla debería estar cerrado por

agresión al patrimonio material, en un país normal que se persiguieran los infractores de normas sanitarias el tal Kevin estaría esposado dos horas después de la emisión del programa. Sin embargo, ya sabemos que los hijos deputa de los Mossos están ocupados poniendo multas de tráfico y apaleando manifestantes.

A pesar de todos los pesares, en los cojones del dragón éste todavía había comida que tenía buen aspecto. Lo que no puede decirse del último antro de la noche. Se llamaba Bar del Mig, está en Santes Creus y le lleva una bollera cupero llamada Marta (y que afirma haber aprendido a cocinar en youtube sin ningún escrúpulo) que acabó llorando porque Kevin la criticó. Y ya sabéis que cuando una mujer es criticada por inútil es que le están haciendo la violencia de género. Otro cargo que se le puede imputar a Kevin. No se ría, no. Que los Tribunales de la Santa Puta Inquisición Feminazi condenan por mucho menos de lo que le dijo Quinqui Kevin. Y bueno, dijera lo que le dijera lo importante es que acabó llorando, lo que demuestra que Marta es una víctima del heteropatriarcado.

Lo difícil sería averiguar qué grado de responsabilidad tiene el heteropatriarcado en unos pies de cerdo deshuesados ​​con garbanzos que sirvió. Kevin dijo que parecía comida de perro, pero fue elegante, lo que habría tenido que decir es que era comida de perro regurgada tres veces y digerida por las tripas taradas de un celíaco. Algo espantoso que extrajo de un túper como si fuera un bloque de gelatina marronosa y que debía comerse el pobre viejo Xavi. Lo probó con la puntita de la lengua y muy educadamente dijo que aquello no lo metía. El resto de platos no llegaban a ese nivel de violencia estética y gastronómica pero también eran lamentables.

Todo era lamentable, de hecho. Las copas con las que sirvieron el vino, las mesas, las sillas, la decoración inexistente del bar (¡y eso que Marta dice que era interiorista! ¡No me extraña que tuviera que cambiar de oficio), unos calamares crudos, un hummus salado, un coulant con la harina y el huevo sin hornear. Calcule si era gordo el tema, que Ribas suspendió su comida, cosa que nunca hace. Muy señoras hippies del Bar del Mig: no debería hacer más que bocadillos, y todavía tengo dudas. Y no, hacérselo saber no es ninguna agresión machista, aunque el responsable sea un imbécil integral con graves psicopatías ocultas. Es que me enciendo con los farsantes. Bueno, adiós.

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