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El Empordà o la vaca de la mala leche perenne

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Eh, qué pasa colegas. Hoy iremos al grano, que tengo cosas mejores para hacer que no fue el chivo expiatorio de Cataluña. Pero no se ahorrará el tradicional momento de reflexión antes de pasar a insultar desgraciados que es donde, dada su putrefacción moral, ya debéis ser, saltando abajo rayas y párrafos como las ratas y las cucarachas se precipitan a las profundidades de las alcantarillas.

Estoy un poco preocupado: cuanta más gente diversa insulto y denostado -todas las víctimas lo mereixen- más aclamación popular obtengo pero más puertas me encierro y, por tanto, menos dinero ingreso. Y cuanto menos dinero ingreso menos salgo de casa a comer y más restaurantes de mierda tengo que tragarme por la tele. Lo que me produce más ganas de insultar. Los comentaba el otro día esta paradoja a dos de los periodistas más jóvenes y brillantes del país. Una es Anna Pazos, una chica con puesto grunge suicidal los noventa que tiene el cuerpo a Barcelona , el jefe en Nueva York y hace unos grandes esfuerzos tántricos para reagruparse. El otro es Juan Burdeos, uno de los articulistas favoritos de individuos cancerígenos como Enric Juliana o Pepe Antich, a quien a pesar de estas afinidades y gracias a una frivolidad muy bien llevada aún no le he perdido el respeto.

Comíamos unos mollejas fabulosos y bebido un Sicus de Edu Pié -por los que decís que no me gusta nada- en la terraza del Monocromo, con el acompañamiento infernal del generador que tenía en marcha una parada de quesos que no vendió una mierda durante toda la comida. Porque Barcelona es un lugar incomprensible, pero este no es el tema. El tema es que yo miraba de decirles, desde mi senectud relativa, que no hicieran como yo, que no termina bien. Ellos me contestaban que evidentemente que no lo harían, que no son subnormales. Y este diálogo absurdo que se generó me pareció una imagen bastante precisa de lo que hacemos aquí y, por extensión, del clima social del país: uno suelta cuatro despropósitos sentidos, algunos se hacen los ofendidos y la gran mayoría hacen cuatro hihihahàs y continúan con lo suyo, que es el ir tirando y, eh, a ser posible, parar la mano.

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Pero hay brotes verdes. Ayer me sentí especialmente acompañado por la televisión pública catalana que decidió mostrar en el cada vez más postergado prime time -las 22: 45, fillsdeputa, después tendrá la barra de llenarse la boca con la conciliación horaria y familiar- varios ampurdaneses de estos arquetípicos: malnacidos de sentimentalidad abyecta que el cumplimiento mayor que te pueden hacer es joderte. Catalanes malos, en definitiva. Es decir, todo lo contrario del espíritu edulcorado gerundense y caracteres simpáticos con los que las personas normales nos podemos identificar. No es que no salgan por TV3 , de ampurdaneses. De hecho estamos hasta los cojones, del puto Empordà, pero cuando se ve con tanta nitidez qué tipo de gente de mala raza son no puedo evitar celebrarlo y que se me ganen el corazón.

Ayer dieron un espectáculo de mala leche soberbio. Ni los productos ampurdaneses, ni la barroca cocina de la comarca, ni siquiera Marc Ribas pudieron hacer nada para eclipsar el festival de puñaladas que nos ofrecieron. El barbudo hombre croissàntic supo borrarse de la pantalla y ceder todo el protagonismo a los concursantes. Ni osó hacer su glosa final de las virtudes dudosas de los establecimientos participantes -que siempre se convierte en una vergonzosa sucesión de mamadas hechas con poca convicción, poca saliva y mucha cara de asco- por temor a que el cosieran a tortas. El chico, por cierto, está algo destentat e intentó colar una promo de algún patronato de turismo local, con todo de productos ampurdaneses tristones que parecía que se hubiera cagado la mosca. Un espectáculo muy poco edificante.

Suerte que remontó enseguida. El principal responsable fue el dueño del restaurante con el que empezamos la noche. De entre todos los canallas de ayer, el peor. Un elemento de una perfidia indescriptible, un creído y un -en palabras del voraz abogado Marc Coma, que por suerte no es el mío- un marica resentido. Se dice Marc Joli y se ve que ya era medio famosillos por haber participado en el Top Chef de Antena 3 . Aquí de cosas de españoles no se habla, que no quiero hacer ninguna en la Audiencia Nacional, pero se ve que allí ya la lió. La única referencia velada que se hizo ayer fue que en Joli «había independizado de su ego», pero nada más lejos de la verdad. Con el ego que tiene se podría alimentar a toda una comunidad gitana hambrienta de tamaño medio como, por ejemplo, la de Perpiñán. Para que se hagan una idea, si el Dani de Arbeca de la semana pasada era un proyecto joven muy consistente de gilipollas integral, en Joli es todo un profesional de la materia hasta el punto de que, sobre el papel, parecía una competición altamente descompensada y un paseo triunfal del participante más miserable y con más tablas televisivas. El ‘Juego de Cartas’ de ayer era el vehículo ideal para exhibir sin límites su desacomplejada subnormalidad ya fe de dios que se hizo suyo el programa.

Jugó fortísimo a criticar todo lo demás, con insidia y una tensión verbal constante. Con momentos casi cómics de tan pasado de vueltas como iba, y con esto no quiero decir que fuese ensofatat -que también- sino que el papel de hijoputa se le escapó de las manos. Y por eso perdió: los otros tenían tanta mala leche como él pero algo más de putas. Y, sin embargo, Joli me pareció el mejor cocinero de todos. Vale, de acuerdo, los demás eran pésimos. Pero a su Mas Molino de Peralada vi platos apreciables. No es el caso de unos calamares a la romana resecos que llevaron cola y un conato de guerra civil ampurdanesa. O de un criminal carpaccio de gambas con alga Codium, unas arbequinas con las hojas de olivo incluidas (?) Y un huevo frito por encima. Alguien que me sirve eso lo pongo en marcha a tomar por culo directamente, pero con los segundos se medio redimir: un pie de cerdo relleno que daba gusto, un cordero con guisantes o un morro de bacalao con pisto que era PERFECTO y que fue atacado por una rival en la primera jugada sucia de la noche.

Una rival llamado Rosana y tiene una tabernota infecta a Maçanet de Cabrenys. Un pueblo que es lugar de veraneo de pixapins ilustres como Quim Monzó -donde hace décadas que le toman el pelo- pero que, bien mirado, de Empordà tiene el chaleco, que está en el quinto pino y es más pirenaico que otra cosa. En todo caso lo que no es muy típico es el pescado. La Rosana, una señora que confiesa sin rubor que era profesora de autoescuela y lo tuvo que dejar por una crisis nerviosa, tiene el pescado almacenado en un congelador doméstico. De hecho, tengo una caravana medio desguazada al menos, acosada por todo de bestias inmundas de la naturaleza, con una cocina mejor equipada que la de Rosana. Una mierdecilla indigna y denunciable para un negocio que paga contribución, creedme. Aquí presenciamos escenas horripilantes, como el servicio de otro genérico Chardonnay del Empordà -por los correspondientes insultos consulte artículos anteriores- en unas copas de cristal grueso y empañado, como de duralex, llenadas hasta arriba. De la cocina de juguete salió una tortilla de harina que me habría ido bien para tapar los agujeros de la caravana. Un arroz oscuro que parecía una ensalada de mariscos congelados de cuarta gama o unos canelones con bacalao y espinacas que parecían rellenos de la pasta verdosa y fermentada que sale del cortacésped, si el vacías nunca, guarro / a.

También salió en la mesa un plato de sepia con albóndigas o un de pato con peras -no puedo no bancar el recetario tradicional, bien aquí- pero la comida se complicó con los postres. Al ausente Ribas le diste un pijama! Un pijama! El año 2021. Le deberían aplicar el garrote, que es la técnica de depuración que se utilizaba en los oscuros años del franquismo, cuando la gente ingería este combinado diabético impunemente. Y el tonto del Marco Joli no se le ocurrió otra cosa que darle un pastel de queso incomible, como todo el mundo reconoció. Tenía razón, claro, pero él aprovechó para hacer fiesta mayor y quitarse asquerosamente la comida de la boca. Y será que no se pone cosas con la leche más agria, el muy subnormal. Un momento insólito y, ahora sí, histórico de la repugnancia catalana. La Rosana admitió sus errores, pero consideró que hace una buena cocina. Rosana, estimada profesora de autoescuela retirada, te tengo que decir un secreto: no haces una buena cocina.

Pero aún la hacen peor a otro antro de La Bisbal dicho Escalipatxo -un sapo en ampurdanés, aunque la voz en off empeñara en pronunciarlo con una o final, como si fuera una excentricidad valenciana. Aquí conocimos en Casellas, un exflequer de Palafrugell quera ejerce de calzonazos de su mujer, que es la que cocina. También mal. La chica no tiene un pequeño congelador doméstico lleno de marisco, sino dos enormes baúles afacits de género liofilizado. Incluso la realización se recreó con un largo plan de la cocinera hurgando entre el surtido muestrario de productos congelados. Es que hay gente que no tiene vergüenza. Es que ni los cuchillos cortaban, en esta cocina. Por favor que abandonen el noble oficio de los fogones y se pongan a hacer trabajos a su medida, como técnicos en dinamización cultural en ayuntamientos o en la Generalidad , que hay el mismo perfil de inútiles. Los platos que sacaron, increíbles. Macarrones gratinados de comedor de escuela con muchos niños moros, celíacos, veganos y enfermedades de estas. Un wok de tallarines con menos presencia que un yatekomo. Y, volvió, ayer, para mi desesperación, EL PUTO TATAKI. Con el agravante de que el atún no era ni atún, sino unos trozos de albacora o aleta amarilla que presentaban unas fibras blancas y astillosa, y una coloración grisácea característica de las profundidades de un congelador lineal del Mercadona .

Pasé una muy mal rato, el coño de Escalipatxo. Era todo tan lamentable que al imbécil del Joli no le hizo falta ni criticarlo teatralmente. No vio rival e incluso se permitió la licencia de alabar un pollo con cigalas. No fue así en el último restaurante de la noche, Los Cazadores también en Maçanet. Aquí la estrella televisiva del ‘Juego de Cartas’ de ayer soltó el resto, para ver si arrancaba una victoria que ya veía complicada. Fue por Santi, el cocinero y propietario, a matadegolla. Se cagó con el jamón ibérico cortado a máquina que le sirvió, y con un rape a la brasa que, francamente y sin que sea para darle la razón al subindividu éste, tenía el aspecto de un cadáver radiactivo de sapo o escalipatxo en fase de autopsia forense.

No le bastó. Joli sucumbió a las artes más sutiles del Santi de Maçanet de Cabrenys, en un restaurante mediocre y descorazonador, que se llevó los cinco mil euros y la satisfacción de vencer en su terreno un experto sembrador de insidias y mala folla. Es justo? No lo sé, ¿qué coño me pregunte. Como si me importara una mierda. Ahora bien, visto el nuevo rumbo del programa, cada vez menos gastronómico y más abocado al show de la violencia banal, TV3 no debería dejar pasar el talento y la mala leche de Marc Joli. Y dejar descansar el Ribas, que debe tener ganas de hacer muchas cosas en la vida, pero ‘Juego de Cartas’ seguro que no. Al menos, tiene tantas ganas como yo de continuar escribiendo estas crónicas. Dejadnos en paz, desgraciados. Apa, la próxima semana más, a ver cuando se acaba esta pesadilla.

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